Hasta aquí todo normal. El velatorio, la misa, las flores… Pero al llegar al cementerio, la familia empezó a mostrar cierta inquietud.
-- ¿Está bien cargado?
-- A tope de carga.
-- ¿Seguro que aguantará?
-- Tranquila, me han dicho que hasta una
semana.
Alejandro, el nieto mayor, fue el primero
en acercarse al sepulturero.
-- Verá, hemos pensado en meter un móvil en
el ataúd.
-- Yo en eso no me meto. Vosotros veréis…
Ya
lo habían hablado. De hecho estuvieron toda la noche en vela. Entre las
historias que se contaron en la sala del tanatorio una de las primeras en
aparecer fue aquella. Alejandro ya la había escuchado muchas veces, pero en
aquel ambiente, en aquellas circunstancias, parecía una historia totalmente
nueva. La bisabuela Loreto, la madre de la abuela, murió así sin más, una
mañana mientras arrimaba el puchero al fuego. Cuando llamaron al médico, ya
hacía rato que había llegado el cura. Lo arreglaron todo en el salón de casa.
La ropa guardada para la ocasión, los zapatos sin estrenar… Casi a medianoche,
por fin llegó el médico. Era conocido de la familia. Se disculpó: había tenido
que ir a por medicinas a la capital. Se sentó como todos, a charlar y tomar
unos dulces que trajeron. Entonces le dio por mirar a la bisa. Se acercó. No
estaba seguro…
El primer caso de catalepsia que había
visto en toda su carrera, veinticinco años ya.
La bisa sobrevivió unos meses más, pero ya
nunca volvió a ser la misma. Todos los días le echaba una maldición al médico porque
decía que desde entonces la dejó sorda. Luego, en el rosario de la tarde, un
poco arrepentida, le pedía perdón a la Virgen. Pero a la mañana siguiente no se
le olvidaba volver a echarle su dura maldición.
Alejandro probó a llamar a las doce. Daba
tono. Al menos sí había cobertura.

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