viernes, 7 de diciembre de 2018

EL AFILADOR



Mientras los niños somnolientos leían un poema de Machado en clase, mientras los ancianos eran sacados a tomar el sol a la puerta de la residencia, mientras el camarero servía el enésimo café de la mañana, mientras la dueña de la fábrica de muebles convencía a un comprador de que aquel mueble era de la mejor madera, mientras el pueblo, en fin, trabajaba… el afilador se aproximaba en su bicicleta por la entrada norte del pueblo. Llegó sin hacer ruido hasta la plaza mayor, bajó de la bicicleta, cogió aire e hizo sonar su peculiar flauta. Entonces todo se paralizó. El niño que leía el poema se quedó sin voz; los ancianos dejaron de ver el sol; el camarero olvidó poner el azúcar; la dueña de la fábrica de muebles sintió remordimientos de conciencia. Sonaba la melodía y era una melodía de muerte. Tan solo faltaba por saber quién. El afilador, mientras tanto, se sorprendía de los huraños habitantes de un pueblo que no tenían ni una mísera navaja que afilar. Después de dar dos vueltas por el pueblo, cogió su bicicleta y se marchó por la salida sur. Sin pena ni gloria, pensaba él mientras pedaleaba. No sabía el rastro de muerte que había dejado allí. El día continuó y a algunos se les olvidó la melodía más que a otros. Pero a la mañana siguiente, cuando los gallos decían que ya se veía el sol, todo el pueblo era un signo de interrogación. ¿Quién?

CATALEPSIA

Hasta aquí todo normal. El velatorio, la misa, las flores… Pero al llegar al cementerio, la familia empezó a mostrar cierta inquietud. ...