Mientras
los niños somnolientos leían un poema de Machado en clase, mientras los ancianos eran
sacados a tomar el sol a la puerta de la residencia, mientras el camarero
servía el enésimo café de la mañana, mientras la dueña de la fábrica de muebles
convencía a un comprador de que aquel mueble era de la mejor madera, mientras
el pueblo, en fin, trabajaba… el afilador se aproximaba en su bicicleta por la
entrada norte del pueblo. Llegó sin hacer ruido hasta la plaza mayor, bajó de
la bicicleta, cogió aire e hizo sonar su peculiar flauta. Entonces todo se
paralizó. El niño que leía el poema se quedó sin voz; los ancianos dejaron de
ver el sol; el camarero olvidó poner el azúcar; la dueña de la fábrica de
muebles sintió remordimientos de conciencia. Sonaba la melodía y era una
melodía de muerte. Tan solo faltaba por saber quién. El afilador, mientras
tanto, se sorprendía de los huraños habitantes de un pueblo que no tenían ni
una mísera navaja que afilar. Después de dar dos vueltas por el pueblo, cogió
su bicicleta y se marchó por la salida sur. Sin pena ni gloria, pensaba él
mientras pedaleaba. No sabía el rastro de muerte que había dejado allí. El día
continuó y a algunos se les olvidó la melodía más que a otros. Pero a la mañana
siguiente, cuando los gallos decían que ya se veía el sol, todo el pueblo era
un signo de interrogación. ¿Quién?
viernes, 7 de diciembre de 2018
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