viernes, 25 de enero de 2019

CATALEPSIA


Hasta aquí todo normal. El velatorio, la misa, las flores… Pero al llegar al cementerio, la familia empezó a mostrar cierta inquietud.
-- ¿Está bien cargado?
-- A tope de carga.
-- ¿Seguro que aguantará?
-- Tranquila, me han dicho que hasta una semana.
Alejandro, el nieto mayor, fue el primero en acercarse al sepulturero.
-- Verá, hemos pensado en meter un móvil en el ataúd.
-- Yo en eso no me meto. Vosotros veréis…
 Ya lo habían hablado. De hecho estuvieron toda la noche en vela. Entre las historias que se contaron en la sala del tanatorio una de las primeras en aparecer fue aquella. Alejandro ya la había escuchado muchas veces, pero en aquel ambiente, en aquellas circunstancias, parecía una historia totalmente nueva. La bisabuela Loreto, la madre de la abuela, murió así sin más, una mañana mientras arrimaba el puchero al fuego. Cuando llamaron al médico, ya hacía rato que había llegado el cura. Lo arreglaron todo en el salón de casa. La ropa guardada para la ocasión, los zapatos sin estrenar… Casi a medianoche, por fin llegó el médico. Era conocido de la familia. Se disculpó: había tenido que ir a por medicinas a la capital. Se sentó como todos, a charlar y tomar unos dulces que trajeron. Entonces le dio por mirar a la bisa. Se acercó. No estaba seguro…
El primer caso de catalepsia que había visto en toda su carrera, veinticinco años ya.
La bisa sobrevivió unos meses más, pero ya nunca volvió a ser la misma. Todos los días le echaba una maldición al médico porque decía que desde entonces la dejó sorda. Luego, en el rosario de la tarde, un poco arrepentida, le pedía perdón a la Virgen. Pero a la mañana siguiente no se le olvidaba volver a echarle su dura maldición.

Alejandro probó a llamar a las doce. Daba tono. Al menos sí había cobertura.




viernes, 7 de diciembre de 2018

EL AFILADOR



Mientras los niños somnolientos leían un poema de Machado en clase, mientras los ancianos eran sacados a tomar el sol a la puerta de la residencia, mientras el camarero servía el enésimo café de la mañana, mientras la dueña de la fábrica de muebles convencía a un comprador de que aquel mueble era de la mejor madera, mientras el pueblo, en fin, trabajaba… el afilador se aproximaba en su bicicleta por la entrada norte del pueblo. Llegó sin hacer ruido hasta la plaza mayor, bajó de la bicicleta, cogió aire e hizo sonar su peculiar flauta. Entonces todo se paralizó. El niño que leía el poema se quedó sin voz; los ancianos dejaron de ver el sol; el camarero olvidó poner el azúcar; la dueña de la fábrica de muebles sintió remordimientos de conciencia. Sonaba la melodía y era una melodía de muerte. Tan solo faltaba por saber quién. El afilador, mientras tanto, se sorprendía de los huraños habitantes de un pueblo que no tenían ni una mísera navaja que afilar. Después de dar dos vueltas por el pueblo, cogió su bicicleta y se marchó por la salida sur. Sin pena ni gloria, pensaba él mientras pedaleaba. No sabía el rastro de muerte que había dejado allí. El día continuó y a algunos se les olvidó la melodía más que a otros. Pero a la mañana siguiente, cuando los gallos decían que ya se veía el sol, todo el pueblo era un signo de interrogación. ¿Quién?

viernes, 23 de noviembre de 2018

PALABRAS



Estoy escuchando gritos y ya no me alarman, porque yo misma he aprendido a gritar y sé que las palabras dichas en gritos son las que más suenan, pero las que menos se sienten.
En cambio, las palabras que se susurran, como las que se dicen los enamorados cuando saben que no hay nadie escuchando, son las más gordas, las que más mojan y las que más se clavan.
Yo, sin embargo, no puedo susurrar. He ido al logopeda porque tenía una ceniza en la voz, y me ha dicho que no susurre. Los susurros son los que más dañan a las cuerdas vocales. He preferido reservarme para gritar cuando los niños no atienden; y me he quedado sin susurros.

Creo que me he quedado sin amor.

CATALEPSIA

Hasta aquí todo normal. El velatorio, la misa, las flores… Pero al llegar al cementerio, la familia empezó a mostrar cierta inquietud. ...